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jueves, 27 de noviembre de 2014

Crítica de Trash. Ladrones de esperanza | Corrupción para dummies

Lejos quedan los tiempos en que Stephen Daldry parecía destinado a convertirse en director de dramas adultos que atraían por igual a cinéfilos, gran público y académicos de Hollywood. Tras los triunfos de Billy Elliot, Las horas y, en menor medida, El lector, el cineasta británico parece abonado a realizar películas amables y simpáticas tan fáciles de ver como de olvidar. Ya ocurrió con Tan fuerte, tan cerca, que provocó subidas del nivel de azúcar en gran parte de los espectadores, si bien consiguió, incomprensiblemente, la nominación a mejor película del año en los Oscar de 2012. Ahora, con los niveles de glucosa algo más estabilizados, Daldry presenta Trash. Ladrones de esperanza, su particular versión de Slumdog Millionaire, sin canciones y ambientada en Brasil.


Basada en la novela homónima de Andy Mulligan, la película es la historia de Raphael, Gardo y Rato, tres adolescentes que trabajan en un vertedero y un día encuentran una cartera llena de dinero. Tras el descubrimiento, la policía y autoridades locales harán todo lo posible para que los tres jóvenes no saquen a la luz un caso de corrupción que afecta a las altas esferas de la ciudad. 

A pesar de la premisa, en Trash son mucho más importantes las aventuras del trío protagonista para escapar de sus perseguidores que la profundización en el mal funcionamiento del Estado. Desde luego, Daldry no pretende estudiar los mecanismos que permiten casos como el de Petrobras ni denunciar la desigualdad e injusticia de un país en vías de desarrollo. Como ocurría en Slumdog Millionaire, se trata de entretener al público con una historia sencilla y suficientemente atractiva y bien rodada como para mantener su atención durante dos horas. Esa función, la cumple con eficacia. La exposición de la miseria y el intento por despertar la conciencia social juegan un papel bastante secundario. Como cabría esperar de una producción con cierta ambición comercial.

En cuanto a la puesta en escena, el montaje y la fotografía, con un estilo próximo a los informativos televisivos y los documentales, contribuyen a reflejar el ambiente de suciedad y pobreza en que se desarrolla la trama.

También dotan de realismo a la cinta las interpretaciones de los tres protagonistas, los actores no profesionales Rickson Teves, Eduardo Luis y Gabriel Weinstein. Por su parte, Martin Sheen y Rooney Mara aparecen en roles secundarios demasiado planos. Por tanto, no ofrecen los recitales interpretativos que han regalado en otras ocasiones. Además, Mara se ve perjudicada en la versión castellana por un desastroso doblaje que mantiene el acento inglés en todos sus diálogos. La sonrisa es inevitable.